ser mamá

I'm a barbie girl – y mi hija también.

Yo jugué con barbies hasta una edad en la que ya daba vergüenza decir que juegas con barbies. Maso en la edad en que ya combinas escenas de celos, amor y drama en tus historias. Básicamente, un copy-paste de las novela mejicana que veía mi abuela. Y claro tampoco había otra forma de hacerlo cuando una tiene como 20 Barbies y solo dos Kens [lección #1: busca cierto balance en tu casa de barbies).

La cosa es que, desde que tengo recuerdo, yo jugué con barbies. Sola, en mi casa, o acompañada. Había cierta magia y el tiempo no existía una vez que me ponía a peinar y vestir barbies. Probar colas, trenzas, cortes de pelo. Probar vestidos, pantalones, tops y casacas. No recuerdo que me haya impactado la cintura de avispa. Más me preocupaba el volumen del cabello en una cabeza y cuerpo tan pequeños. Algo no sumaba – pero era algo poco importante.  

Ahora, fast forward al día de ayer cuando tuvimos que encerrarnos en casa por mal tiempo. Nada grave, solo vientos muy fuertes que me hubiesen llevado cual cometa (y nunca se sabe qué puede salir volando y aterrizar en tu cabeza). La cosa es que ayer, “gracias” a la tormenta, nos aburrimos muchísimo.

Nos aburrimos hasta de ver tele.

Y de tanto aburrirnos, subimos con mi hija a su cuarto donde, con la misma naturalidad que me llevaba a mí a jugar con mis barbies hace 30 años, ella se puso a jugar con las suyas.

No era la primera vez, pero era la primera vez que me quedé con ella. Jugaba en voz alta – y en holandés. Yo leía un libro y la tenía de fondo, no prestaba mucha atención pero así y todo, a mí se me hinchó el corazón. Escucharla construir historias me hizo sonreír y querer volver a ser niña. Verla jugar sola, a punta de plástico e imaginación, me confirmó que las barbies son pura magia, storytelling y creatividad, y si esto no es un insight puro y duro, ya no sé qué es.

I am made of plastic. It’s fantastic.

Aqua
ser mamá

Si sientes que el tiempo pasa muy rápido, piensa en Enero.

Quisiera decir que ya se acaba el mes más largo de mi vida – pero aún faltan 6 horas. Pero, en serio, dime, soy yo o es que Enero SE TOMÓ SU TIEMPO?! Y no sé, no pasó nada en especial. Quizá es eso. No pasó absolutamente nada (salvo un impeachment por aquí, unas elecciones congresales por allá, un virus mortal en todo el mundo y hoy UK se separa de la EU y no sé por qué dije que no había pasado nada). Sin ponerme política, y si tienes un tiempito, este comercial de Snickers cae a pelo hoy:

Es que me fui por la tangente

Pero a eso no iba mi post.

A lo que sí iba es que a pesar de Enero, el tiempo sí que pasa muy rápido. Y de eso me di cuenta ayer, cuando Esposo aprovechó la huelga escolar (sí amiga, hasta en Países Bajos pasa esto) y se llevó a la nena a que le hagan sus huecos en las orejas. Sus piercings, caracho. Mi pequeñita de cuatro años quiere ser grande, y pedía aretes hace meses. Hasta le mostramos un video en YouTube de una niña haciéndose los huequitos, como para que se diera cuenta que esto no era un sticker en la oreja – Pero entiendes que es un hueco?!

– Sí. ¿Vamos mañana?

Y valiente como [no es] su madre. Ni una lágrima. Un ceño fruncido y ya, ahora la otra. Y luego de eso, el espejo por favor. FELIZ. Coqueta ella. Con sus aretitos rosados y FELIZ.

Recién salida de la joyería

Cómo pasa el tiempo, amiguitos. Ayer era una chiquita aprendiendo a caminar. Hoy, Mucita ya empezó el colegio. Ya hace pijamadas con sus amigas y amigos. Se viste sola. Se limpia el poto. Se mete unas conversas como para darle un talk show. Y en todo esto, yo solo la miro orgullosa (y de muy cerca por si acaso se cae, mientras se me cae la baba).

Nunca pensé en decirle “deja de crecer”, si esto solo se pone más y más divertido cada día. Fast forward a Febrero y adelante.

Mamá en la Oficina

A los 4, tus preguntas.

(En la puerta, ya poniéndonos las casacas antes de salir hacia el colegio)

Mucita (4 años) – Mamá, tú en el trabajo, ¿Sales?
Yo (36) – ¿Cómo que salgo, Mucita?
Mucita – Si en el trabajo sales.
Yo – No entiendo, reina (Mi hija me habla en holandés o en un español holandizado, entonces a veces tengo que asegurarme que estamos hablando de lo mismo)
Mucita – Por ejemplo (agregar ojos de ilusión), en el colegio, a veces vamos al supermercado, u otras veces, nos llevan al parque. Sales.
Yo – Ah, no mi amor. Yo me siento frente a la computadora todo el día – contesté. – Y a veces… hablo con mis colegas…– pensé pero no dije.

¿En qué momento me hice adulta?

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Hagamos un plan

Esto del matrimonio no es cosa fácil. Es bonito, sí. Fácil, no hay forma. Pero viene con esto de ser adulto (cosa que aún no me la creo – aduuu… qué dices?). Anyway.

Luego te ponen toda una vida y rutina en el medio. Que el trabajo y sus reuniones, y sus cenas que tienen menos de trabajo pero se les dice cenasdetrabajo. Y luego tienes hijos (aka bendiciones) y ya esto se vuelve menos en un “miércoles cada uno x su lado” y más en un “martes tú, miércoles yo, jueves no puedo decir que no, y bueno, el viernes, es cumpleaños de mi pata… ” y en todo esto se pasa la semana y así los días sin que te des cuenta.

No es broma, así está enero.

Claro que no es así todas las semanas pero PASA. Pasa que I.n.v.o.l.u.n.t.a.r.i.a.m.e.n.t.e se pasa la semana y tus interacciones con tu pareja fueron de hola y chau en las mañanas, y buenas noches antes de dormir. Pasa. Y por eso, amiguitos – POR ESO es que hay que hacer un plan.

¿Nuestro plan? Hemos firmado un contrato. Y dice así:

Yo, que amo a mi cónyuge por sobre todo en el mundo, prometo que por cada tres salidas que hagamos sin mi media naranja / corazón de melón, llamaremos a la babysitter y nos iremos de cita. Sólitos. Los dos.

Que tal? Seamos los últimos románticos en estos tiempos de independencia y de vida solo hay una pero dos más y nos vamos. Salud. ¿O tú cómo le haces?

Mamá en la Oficina

2018 que te vas

Hoy de puro vanidosa (y vaya que me salió el tiro por la culata) fui a ver mis stats de wordpress. Ingenua yo, sabiendo que este año no he sido la más constante ni dedicada a mi blog.

Pero no malees, amigo/a lector/a, qué poco amor:

Luego de tres años constantes, el 2018 fue un año en que solo Elmonofeo y mis papás me leyeron! Pero en parte (99% mi parte), yo sé que esto es mi culpa. Y si bien suena a algo bueno, quizá no lo sea tanto: en el 2018 trabajé.

Trabajé mucho. Trabajé de día, trabajé de noche. Paré en las horas que mi hija estaba despierta. Paré para atender a mi familia, y de ahí seguí trabajando. Se volvió costumbre cerrar la computadora a las 11pm y a veces, a la media noche. Se volvió costumbre decir “no tengo tiempo” y cancelar reuniones con amigas por querer “adelantar con mis e-mails” o “terminar el domingo lo que no pude terminar el viernes”. Me acostumbré a la sobre-carga de trabajo y no me quejé. Se me olvidaron cosas, se me olvidaron personas. Organicé viajes apurada y me perdí dos por la misma razón (y un poquito por la culpa de DHL-pierde-pasaportes). No tuve ni tiempo de enviar mis tarjetas de Navidad como lo hago todos los años!

Entre otras cosas, este año tampoco tomé tantas fotos como en otros años, escribí menos posts en mi blog, y pedí más veces delivery.

Pero ya está. Fue un año difícil en la oficina, pero cuando miro atrás, creo que crecí. Me ascendieron, me subieron el sueldo – creo que son motivos por los cuales también estar orgullosa. Este año fui muy ejecutiva, otros años fui muy madre, y antes muy esposa.

Gracias 2018 – y que en el 2019, pueda ser un poco de todo. O, mejor aún, muchísimo de todo.

Mi vida en Holanda, Navidad

Es diciembre, y hoy se me dio por extrañar…

Estornudé y se hizo diciembre – o al menos, eso parece. 

Y mientras mis historias de instagram muestran capuchas, tormentas y narices rojas, mi facebook me muestra los primeros días de playa, mangas cortas, y los preparativos de  verano. Son los días previos a las fiestas: compramos regalos y ropas de baño, decoramos el árbol y desempolvamos la ropa de verano. Nos sacamos las medias para ponernos sandalias, y mientras, planeamos en dónde pasar la fiesta de año nuevo. 

Mientras tanto, acá yo desempolvo la ropa de invierno – con esa misma nostalgia de hogar que me viene cada Diciembre. Esa nostalgia de… y no quiero sonar atorrante, y claro que extraño a mi familia, y es que no puedo evitarlo. ¿Saben qué extraño?

La casa de playa.

Joder, que extraño la casa de playa de mis padres. 

Pero me tienes que entender. TODA MI VIDA, o al menos, desde que tengo memoria (pelito corto y piel marrón) paso el año y nuevo y tres meses siguientes en la casa de playa de mis padres. 

El verano es una cosa curiosa. Al menos en ese entones, era una desconexión a la realidad. De viernes a domingo, los “amigos de Lima” no existían, y solo habían los de la playa. Luego llegaba Marzo, y esos “amigos de la playa” desaparecían hasta el verano siguiente – donde volvían a aparecer, casi como si ahí vivieran.

Además, era como un mundo paralelo en donde uno podía quedarse hasta tarde sin supervisión adulta. Había toque de queda (que cada año que pasaba era un poco más tarde) pero había cierta magia que no ocurría “en Lima” una vez llegada la noche. Al final y al cabo estábamos a unos 300 metros de casa, 2 minutos en bicicleta. O algo así. 

Los recuerdos son más claros en el año 2000. La casa creció y yo salía del colegio. Tenía mi primer enamorado y, en pleno febrero, mi primer corazón roto. La casa de playa se convertía en mi refugio, al mismo tiempo que un rinconcito de recuerdos de las primeras semanas de verano.

Y los años siguieron pasando. Pero cada verano en año nuevo empezaba nuevamente la temporada. La casa de mis padres era invadida por las amigas del cole, de la pre, de la universidad. De los enamorados y los amigos de los enamorados. Hoy miro atrás y agradezco las tantas bocas que mis padres tuvieron que alimentar (hasta que empezamos a generar ingresos y apoyábamos … algo). Es más, asumir responsabilidad por hijos que no eran de ellos! (Cosas que uno ni piensa antes de convertirse en papá o mamá).

Terrazas de parrilla y vino, tardes de vóley, caminar con el sunset, correr en el malecón. Los almuerzos a las tres de la tarde, los pisco sours en la sombrilla, los baldes de arena, el bar de la piscina ese primer verano que abrió… Y años más tarde, mi hija gozando esa misma arena que a mí me vio crecer. 

Año nuevo 2018

No es el primer año que ocurre, pero sí uno de los pocos en los que no visitaré la casa este verano. Tres viajes a Lima el año pasado y uno pendiente a Nueva Zelanda en el 2019 (si es que no se me pierde esta vez el pasaporte) me tienen un poco corta, además de los planes de construir el tercer piso y remodelar la casa en Febrero. 

Y quizá sueno atorrante, y en estas épocas navideñas, quizá no debería ser lo primero que extrañe. Pero hoy mientras tomo vino caliente en el mercado navideño, en verdad desearía estar tomándome otro vino blanco en esta terraza, quizá con un cebichito, y definitivamente, con unas yuquitas fritas con huancaína. Y es que extraño mi casa de playa.

La familia 

Mamá en la Oficina

Te quejas. Pero te gusta.

Conflictos internos de una mamá tiempo completo.

Es martes, son las 11:20 am, tengo un montón de trabajo y bullets en mi lista de cosas por hacer. Pero me pongo a escribir en mi blog (#procrastinaciónalmango). Trabajo a tiempo completo y, a menudo, horas extras. Además, me despierto en las noches cuando mi hija llora (ya no pasa siempre, pero pasa. pasó ayer y pasó hoy). Soy también la que se despierta un poco más temprano para cubrir mi rutina de ejercicios, bañarme, cambiarme, preparar el desayuno, sentarme con ella a desayunar, dejarla en el nido e ir a trabajar. La que llega “tarde” – y la que se va temprano! para hacerlo todo al revés: recogerla del nido y preparar la cena para sentarnos en familia, los tres, a contarnos nuestros días (las mejores historias suelen venir del nido).

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Al nido, ¡salga sol o llueva!

Las tardes son más tranquilas. Ver tele, llevarla a dormir, y depende del día, seguir trabajando en lo que no tuve tiempo de terminar. Porque me es imposible sentarme frente a la computadora antes de las 9am, o después de las 5pm cuando hay una niña que necesita de mí (de 6 a 8 se cierra el kiosko).

Y acá es cuando vienen las voces del conflicto y la igualdad: ¿pero por qué tu marido no te ayuda? ¿por qué lo haces todo tú? Bueno, bueno, no se estresen. Tampoco es todo. ES MUCHO. Pero no es todo. Y la respuesta es simple:

<< PORQUE QUIERO >>

Yo podría ser la mamá ejecutiva que se sienta en la oficina desde las 7, la que contesta llamadas a la hora de la cena o está viendo sus correos mientras su hija se demora diez mil horas en tragarse ese pedazo de pollo (PASA, y en verdad te pican los dedos).

También podría quedarme en la oficina, mientras el esposo buenpadre lee los cuentos, y yo llegaría, con suerte, a darle el beso de las buenas noches. Luego cenaríamos solo los dos, él me contará qué hizo Mucita en el nido y yo le contaré de mis logros laborales (Mucita 1 – 0 Mu).

<< PERO NO QUIERO >>

¡Y CANSA! Claro que cansa querer hacerlo todo, claro que pierdo la paciencia en las mañanas cuando el cepillo de dientes se convierte en un cohete espacial y hay que colectar todos los juguetes que queremos llevar ese día al nido. Claro que levanto la voz cuando ya llevamos 45 minutos en la mesa porque aún vamos en el segundo bocado. Pero tengo tiempo de abrazarla. 

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Lo eres todo.

Mi trabajo me da la flexibilidad que necesito (yanoyá sería no tener ese horario nocturno de 8-11pm tantos días a la semana). Quien no me da flexibilidad es el ojo crítico de la mujer que me dice que delegue a mi hija como si fuera otro de mis bullets en mi lista de cosas que hacer. Le llaman feminismo, pero yo creo que hemos confundido las cosas.

La próxima semana me voy de viaje por 4 días. Ya mi esposo se levantará en las noches si es necesario, hará lo que yo hago el resto de días. Yo viajo seguido, él no tanto. Esos días me visto de ejecutiva full time, los otros días, prefiero ser madre tiempo completo.

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Cuando quien la despierta somos Pedro y yo (y esta imagen también me mata de amor)