Mi vida en Holanda

6 años

Hoy hace seis años aterricé en el aeropuerto de Amsterdam, con pasaje de ida, con una maleta en mano, con una no habida  (pero que apareció tres días después) y sin la más mínima idea de que hoy estaría escribiendo este post, aún en Holanda, desde mi casita en Haarlem, embarazada – y feliz.

Y es que cuando vine tenía Plan A y Plan B – ambos con un año de validez.

  • Plan A – hacemos el máster de un año y mientras, vemos qué onda con este chico que conocí hace poco más de año en esas vacaciones de dos semanas en Europa.
  • Plan B – hacemos el máster de un año, y regresamos a Lima, sin chico pero con diploma en mano.

A o B, todos ganan. O mejor dicho, la casa siempre gana.
Nota: la casa = Mu, por si acaso.

Y Plan A resultó. Pasó el primer año, salió la diploma (check) y el chico se convirtió en “boyfriend” (check check). Y ahora? Mi corazón estaba echando raíces y yo necesitaba quedarme – por ese tiempo me compré un pasaje a Lima, pero esta vez de ida y vuelta; y fue de vuelta que encontré trabajo, y con él, una visa (uf). Boyfriend, corazón, billetera y yo, felices. Y de pronto pasó un año más. Para entonces, mi bicicleta y yo ya éramos una (por más veces que ésta me botara al suelo, o quizá era mi culpa, o quizá la del vino), y contra viento (y qué viento) y lluvia (y vaya qué lluvia) me seguía acomodando a la ciudad (más no al clima – no amigo lector, pero entre el clima y yo optamos por una relación más diplomática, no te quiero, pero yo te dejo ser y tú a mí).

Pasaron tres años, y un “bling” en el dedo me convirtió en novia. También me aburrí de vivir en comunidad (compartíamos una casa entre seis) y antes de terminar ahorcando a alguno de mis flatmates, encontramos una casita afuera de Amsterdam y le vendimos nuestra alma al banco (en cómodas cuotas de 30 años) para convertirla en nuestra.

Pasaron cuatro, pasaron cinco años. Me vi convertida en esposa SLASH ejecutiva SLASH ama de casa SLASH decoradora de interiores. Me convertí también en mamá de gato SLASH crazy cat lady. En mi nueva ciudad y en mi nueva casa, mi concepto de “hogar” se volvía difuso al mismo tiempo que crecía. Hogar ya no era Lima – solamente, y eso gracias a mi pequeña familia y a los amigos que fui haciendo.

Y hoy son seis años. Con el mismo trabajo, el mismo boyfriend que hoy es husband, el gato que está por convertirse en hermano mayor, y con mi casita, que más nuestra que nunca, hace poco cambió el estudio por cuarto de bebé, y que está a pocos días de ser ocupado. He crecido, estoy segura que también he cambiado, pero sigo siendo la misma Mu, la que juro extraña aunque nunca llama, la que tenía un Plan A, otro B, y jugó para ganar. Y es que de algo estoy convencida: el amor puede ser ciego, pero eso solo acentúa sus otros sentidos.

Déjate llevar.

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