No me preguntes si volvería a Perú.

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En los últimos meses, he conocido mucha gente: grupos (y sub grupos) de mamás, finalmente conocimos a los vecinos después de cinco años viviendo en esta casa en una cena de la cuadra, y entre amigos de amigos y los ya conocidos, la pregunta suele repetirse: “Y volverías a Perú?”.

¿Volvería a Perú?

Y lo preguntan luego de preguntarme mi nombre, de donde vengo, e inmediatamente: “Perú es hermoso! Qué haces acá? No quieres volver a Perú?” como si fuera una pregunta tan simple como si quiero té o café, o si prefiero PC o Mac. Joher. ¿Volvería a Perú?

Luego hay días como el día del padre que acaba de pasar donde extrañas a tu familia, tradicionales reuniones familiares, los desayunos de domingo o, simplemente, el abrazo de mi papá, y claro que quiero volver a Perú. ¿Pero volvería a Perú?

La Mu que se fue no estaba casada, no era madre, ni tenía una hipoteca. No tenía el mismo trabajo que tiene ahora, ni siquiera la misma ropa. Hoy no se trata de volver yo sola, sino de ir con mi familia. Yo en Perú volvería a encajar como una pieza de rompecabezas que se había perdido bajo el sillón – que de poco uso se ve diferente al resto del rompecabezas, cabe donde antes cabía, pero no como antes cabía. Y además, ¿dónde caben mis otros dos adjuntos? Y yo sé que al final todo se puede, si una peruana y un kiwi pudieron irse a vivir a holanda, por qué no poder volver a Lima? Pero ese no es el punto.

¡El punto es que te acabo de conocer y me estás preguntando si volvería a Perú como si me preguntaras si vino tinto o vino blanco! La gente no se da cuenta.

Luego trato de responder y mi cabeza se enreda. Me pongo triste y un poco nostálgica. Suelo empezar diciendo que volvería por mi familia (seamos honestos, nadie vuelve por el tráfico, ni nadie vuelve por la seguridad ciudadana), si vuelvo es por mi familia. Pero entonces, ¿por qué no vuelvo?! ¿Será que hice de Holanda mi hogar? ¿Será que además soy feliz acá? Quizá este ritmo de vida me cae bien. No tengo familia ni muchos amigos, pero esos que tengo los adopto como familia. Y cuando me doy cuenta, he dejado al holandés que me preguntó si volvería a Perú esperando una respuesta. Por qué me preguntas estas cosas. Ofréceme vino mejor.

La verdad es que no sé. La verdad que sí. No. No sé. Tinto, gracias.

Invierno, no te quiero

Invierno, no quiero tu frío. Ni tu lluvia. Ni tu nieve que quiere ser más lluvia que nieve.

No quiero tu ropa. Tus capas sobre capas (sobre capas). Linda ropa en los catálogos, sí; pero en la ciudad todos con pantys negras, botas negras, abrigos negros. Abrigos verdes militar. Abrigos marrones. Un abrigo rojo. Dos grises. Siete negros.

No quiero tu nieve. Muy bonita en los catálogos, muy romántica en Love Actually. Pero la verdad es que la nieve no es más que agua congelada. Moja. Congela. Por más capas (sobre capas) que te pongas. (Seamos realistas, nadie se va a trabajar en trajes de ski).

Invierno, no te quiero. A ti, tan largo; y tus días, tan cortos.

Invierno, pero no es contigo. Es que tú y verano no conviven. Llegas tú y el sol deja de calentar (y a veces ni visita). Llegas tú y, de pronto, no sé que ponerme (qué más da, si al final lo cubriré con un abrigo). Llegas tú y esperar el bus se vuelve una tortura. Llegas tú y se acaban las salidas al parque. Llegas tú y las terrazas se vacían. No eres tú! (pero todos sabemos que es por ti).

Invierno, sé que aún no llegas pero  este cuerpo latino ya siente frío en tus mañanas europeas. Y eso que “aún hace un buen tiempo para ser Octubre!”. Pero a mí no me engañan. Invierno, no me engañes – o te querré aún menos.

6 años

Hoy hace seis años aterricé en el aeropuerto de Amsterdam, con pasaje de ida, con una maleta en mano, con una no habida  (pero que apareció tres días después) y sin la más mínima idea de que hoy estaría escribiendo este post, aún en Holanda, desde mi casita en Haarlem, embarazada – y feliz.

Y es que cuando vine tenía Plan A y Plan B – ambos con un año de validez.

  • Plan A – hacemos el máster de un año y mientras, vemos qué onda con este chico que conocí hace poco más de año en esas vacaciones de dos semanas en Europa.
  • Plan B – hacemos el máster de un año, y regresamos a Lima, sin chico pero con diploma en mano.

A o B, todos ganan. O mejor dicho, la casa siempre gana.
Nota: la casa = Mu, por si acaso.

Y Plan A resultó. Pasó el primer año, salió la diploma (check) y el chico se convirtió en “boyfriend” (check check). Y ahora? Mi corazón estaba echando raíces y yo necesitaba quedarme – por ese tiempo me compré un pasaje a Lima, pero esta vez de ida y vuelta; y fue de vuelta que encontré trabajo, y con él, una visa (uf). Boyfriend, corazón, billetera y yo, felices. Y de pronto pasó un año más. Para entonces, mi bicicleta y yo ya éramos una (por más veces que ésta me botara al suelo, o quizá era mi culpa, o quizá la del vino), y contra viento (y qué viento) y lluvia (y vaya qué lluvia) me seguía acomodando a la ciudad (más no al clima – no amigo lector, pero entre el clima y yo optamos por una relación más diplomática, no te quiero, pero yo te dejo ser y tú a mí).

Pasaron tres años, y un “bling” en el dedo me convirtió en novia. También me aburrí de vivir en comunidad (compartíamos una casa entre seis) y antes de terminar ahorcando a alguno de mis flatmates, encontramos una casita afuera de Amsterdam y le vendimos nuestra alma al banco (en cómodas cuotas de 30 años) para convertirla en nuestra.

Pasaron cuatro, pasaron cinco años. Me vi convertida en esposa SLASH ejecutiva SLASH ama de casa SLASH decoradora de interiores. Me convertí también en mamá de gato SLASH crazy cat lady. En mi nueva ciudad y en mi nueva casa, mi concepto de “hogar” se volvía difuso al mismo tiempo que crecía. Hogar ya no era Lima – solamente, y eso gracias a mi pequeña familia y a los amigos que fui haciendo.

Y hoy son seis años. Con el mismo trabajo, el mismo boyfriend que hoy es husband, el gato que está por convertirse en hermano mayor, y con mi casita, que más nuestra que nunca, hace poco cambió el estudio por cuarto de bebé, y que está a pocos días de ser ocupado. He crecido, estoy segura que también he cambiado, pero sigo siendo la misma Mu, la que juro extraña aunque nunca llama, la que tenía un Plan A, otro B, y jugó para ganar. Y es que de algo estoy convencida: el amor puede ser ciego, pero eso solo acentúa sus otros sentidos.

Déjate llevar.

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