A mi mami

Ayer antes de dormir pensaba en que hace muchos (pero muchos) años que no le escribía un poema a mi mami. Que por qué cuando estaba en el nido o en primaria esto era de lo más lindo y aceptado, pero ahora… ahora qué roche. Ahora no #niquefueraspoeta

Pero si a mi mami le gustaban mis rosas de papel crepé y mis collares de fideos pintados, estoy segura que le gustarán mis poetas, de cuando tenía cinco, y de cuando tenía 33. 

Mamá,
hoy quisiera sentarme al pie de tu cama
o recostarme en tu hombro
y contarte de mi día.

Mientras, quisiera acariciar tus manos
y compararlas con las mías
para saber si mis manos ya son manos de mamá
si he acariciado lo suficiente,
si he curado tantas heridas,
y limpiado tantas lágrimas,
como lo han hecho tus manos
desde que te hiciste mamá.

Luego quisiera verte a los ojos
mientras me escuchas
y saber si mis ojos ya son ojos de mamá
si tienen la misma ternura,
el mismo cansancio,
si pueden sonreír como sonríen los tuyos
desde que te hiciste mamá.

Quisiera darte un abrazo
y comparar
si mis brazos ya son brazos de mamá
si he cargado suficiente
si he abrazado suficiente
si he dado tanto comsuelo como tú
desde la primera vez que me viste llorar

Y al final, quisiera decirte gracias
con mis manos,
con mis ojos,
y con mis brazos
por ser quien eres
desde que fuiste mamá.

….

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Un día libre de quejas

Ayer “asistí” a un evento que vi en facebook llamado (en su versión taducida) “Lunes libre de quejas”. La idea, como su nombre lo dice, es que por 24 horas, no debías quejarte, ni en tu mente, ni verbalmente. La página decía que esto ayudaría a conectarte mejor con tus sentimientos y la gente que te rodeaba.

¿Pues qué tal me fue?

Mira, no me las quiero dar de zen, pero así me sentí:

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Y lo mejor fue que casi no me di cuenta. Es más, no fue hasta la hora del almuerzo en que estaba almorzando con mis colegas cuando una de ellas se quejó (con nosotras) sobre la música del pianista que tocaba en el restaurante. ¿Y qué tenía de malo? Pues yo de música no sé nada pero, en mi opinión, nada. Entonces me acordé que hoy estaba en mi “Lunes libre de quejas”, me dijo que ella también pero que ya había fallado hace rato.

Le di una vuelta a mi día y me acordé de algunos momentos en los que pude haberme quejado, sin embargo, no se me ocurrió.

  • Salir de mi casa a casi las 8am, el día aún oscuro, con un súper frío y una neblina que no te dejaba ver más allá de tus narices. ¿Pues qué hice? Le tomé una foto, porque para qué, esa neblina era bien pintoresca.
  • Darme cuenta que había dejado la llave de la bicicleta en mi casa (tengo una bici en la guardería, así llego más rápido a la estación luego de dejar a Mucita). ¿Pues qué pensé? Mejor, porque olvidé mis guantes y así puedo tener mis manos en los bolsillos.
  • El bus estaba muy lleno cuando llegó. ¿me quejé por non ir sentada? No, pensé que al menos apretaditos, más calientes.

(Todo esto es cierto)

Finalmente al medio día, durante el almuerzo, me acordé que “estaba asistiendo” a este evento. Entonces fui un poco más consciente y, todo bien. Pasé el reto.

Como sea, o la tuve fácil, o simplemente no soy una persona que se queja fácilmente. Y (acá viene la reflexión), quizá estoy hablando de una perspectiva privilegiada: tengo salud, abrigo, casa, comida, trabajo y 4g en el celular. Mis necesidades más básicas están cubiertas y no tengo de qué quejarme.

Pero precisamente mi punto, quizá tú también. Pero igual encuentras que el pianista no está tocando tu música favorita y, por ende, merece morir; que OHMARGOT hoy te tuviste que estacionar a dos cuadras de tu oficina; el polo que te querías poner aún no seca o tu jefe te ha pedido una chamba PARA AYER justo hoy que quieres ver el último episodio de Homeland. Para todo tienes dos opciones: te quejas o lo negocias (contigo, o con quien sea necesario).

Y sinceramente, creo que a veces no vale la pena quejarse.

¿qué te parece? ¿te animas? te invito a organizar tu propio evento. yo empezaré una vez al mes. ¡Suerte!

Reflexiones

(sacado de mi facebook que, como yo soy bien bilingue verás, lo escribí primero en inglés)

Quizá presumo un poco, pero creo que en el 2016 ¡fui una excelente madre!
… Pero no mucho una excelente amiga, pareja, trabajadora, corredora, cocinar, estudiante de holandés o excelente nada en lo que a todo respecta.

Solía decir que el sueño estaba sobre-valorado, ahora lo considero precioso. No por esto duermo mucho luego de las 6 de la mañana, y por eso suelo ir a la cama a las 9pm. Mi agenda está llena de actividades child-friendly, preferentemente en locaciones, también, child-friendly. Esto no me causa problemas, pero en el 2017 procuraré ser un poco “más adulta”. A mis amigos del delivery: lo siento pero empezaremos a vernos  menos y empezaré a frecuentas más a mis verdaderos amigos – no sólo están cavando un hueco en mi cuenta bancaria, pero creo que debo de salir más seguido. A mis zapatillas y al gimnasio en el que llevo inscrita más de un mes sin haber puesto un pie todavía (me inscribí por internet): nos vemos pronto. A mi esposo: prometo terminar una película sin quedarme dormida (prometo tratar). Y a mi hija, prometo seguir siendo una excelente madre, ¡cometiendo quizá excelentes errores! Pero qué sería ser madre sin ellos.

Feliz año nuevo a todos. Les deseo salud y ganas – todo lo que necesitan para cumplir sus metas de este año.

6 años

Hoy hace seis años aterricé en el aeropuerto de Amsterdam, con pasaje de ida, con una maleta en mano, con una no habida  (pero que apareció tres días después) y sin la más mínima idea de que hoy estaría escribiendo este post, aún en Holanda, desde mi casita en Haarlem, embarazada – y feliz.

Y es que cuando vine tenía Plan A y Plan B – ambos con un año de validez.

  • Plan A – hacemos el máster de un año y mientras, vemos qué onda con este chico que conocí hace poco más de año en esas vacaciones de dos semanas en Europa.
  • Plan B – hacemos el máster de un año, y regresamos a Lima, sin chico pero con diploma en mano.

A o B, todos ganan. O mejor dicho, la casa siempre gana.
Nota: la casa = Mu, por si acaso.

Y Plan A resultó. Pasó el primer año, salió la diploma (check) y el chico se convirtió en “boyfriend” (check check). Y ahora? Mi corazón estaba echando raíces y yo necesitaba quedarme – por ese tiempo me compré un pasaje a Lima, pero esta vez de ida y vuelta; y fue de vuelta que encontré trabajo, y con él, una visa (uf). Boyfriend, corazón, billetera y yo, felices. Y de pronto pasó un año más. Para entonces, mi bicicleta y yo ya éramos una (por más veces que ésta me botara al suelo, o quizá era mi culpa, o quizá la del vino), y contra viento (y qué viento) y lluvia (y vaya qué lluvia) me seguía acomodando a la ciudad (más no al clima – no amigo lector, pero entre el clima y yo optamos por una relación más diplomática, no te quiero, pero yo te dejo ser y tú a mí).

Pasaron tres años, y un “bling” en el dedo me convirtió en novia. También me aburrí de vivir en comunidad (compartíamos una casa entre seis) y antes de terminar ahorcando a alguno de mis flatmates, encontramos una casita afuera de Amsterdam y le vendimos nuestra alma al banco (en cómodas cuotas de 30 años) para convertirla en nuestra.

Pasaron cuatro, pasaron cinco años. Me vi convertida en esposa SLASH ejecutiva SLASH ama de casa SLASH decoradora de interiores. Me convertí también en mamá de gato SLASH crazy cat lady. En mi nueva ciudad y en mi nueva casa, mi concepto de “hogar” se volvía difuso al mismo tiempo que crecía. Hogar ya no era Lima – solamente, y eso gracias a mi pequeña familia y a los amigos que fui haciendo.

Y hoy son seis años. Con el mismo trabajo, el mismo boyfriend que hoy es husband, el gato que está por convertirse en hermano mayor, y con mi casita, que más nuestra que nunca, hace poco cambió el estudio por cuarto de bebé, y que está a pocos días de ser ocupado. He crecido, estoy segura que también he cambiado, pero sigo siendo la misma Mu, la que juro extraña aunque nunca llama, la que tenía un Plan A, otro B, y jugó para ganar. Y es que de algo estoy convencida: el amor puede ser ciego, pero eso solo acentúa sus otros sentidos.

Déjate llevar.

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